jueves, 21 de junio de 2012

CAPÍTULO 15. LENIN Y GRAMSCI




                 Mucho se ha hablado sobre el “leninismo” de Gramsci: de sus numerosos puntos de convergencia con la literatura leninista; de los intentos gramscianos de reconocerse, incluso con evidentes forzamientos, en las tesis más conocidas de Lenin y los bolcheviques rusos sobre el poder de los consejos, incluso para conseguir una legitimidad en la difícil batalla política contra los adversarios de la “teoría consejista” así de los reformistas y maximalistas como de Amedeo Bordiga. Y por otro lado, en momentos de incipiente ruptura con Lenin y de la III Internacional, sobre todo en las relaciones entre el “sistema de los consejos”, el partido “de vanguardia” y el mismo sindicato.

No vamos a recorrer al detalle este examen. Pero nos parece importante --incluso para justificar nuestras anteriores observaciones del enfoque de Gramsci sobre el  problema de la fábrica “racionalizada” como “corazón” del proceso revolucionario--  poner en claro las similitudes y las divergencias (que son cambiantes) que, de un lado, señalan la concepción leninista del “soviet” y de los “comités de fábrica” y, de otro lado, la ideología consejista del Ordine Nuevo

Indudablemente existen muchos puntos en común entre la teoría consejista del Ordine nuovo y el “leninismo” de los años veinte, incluso más allá de los escritos de Lenin, que Gramsci ya conocía en aquellos años. En primer lugar, el análisis del capitalismo (particularmente en las naciones relativamente subdesarrolladas del mundo industrializado), caracterizado –como ya se ha dicho--  por una literatura “catastrofista” de las crisis industriales de la posguerra.  Un análisis basado en la preocupación de conferir, sobre todo, una legitimación no sólo política al proceso de sustitución del capital absentista o “saboteador”, centrado en el gobierno de la empresa por parte de los consejos de fábrica.

Ciertamente, hay también evidentes articulaciones en la valoración común de la incapacidad del capitalismo para llevar adelante, en la primera posguerra, la “revolución liberal de la burguesía” y desarrollar las fuerzas productivas de modo coherente con las tecnologías industriales y las técnicas organizativas heredadas de la ciencia “burguesa”. Lenin puso el acento en el momento de la ruptura revolucionaria, en el atraso de las estructuras capitalistas, en la desorganización de la industria y los grandes servicios colectivos, en el sabotaje de los empresarios en los intentos de reconstrucción y reorganización del nuevo Estado. Pero en Gramsci y en el grupo dirigente del Ordine Nuovo, el “absentismo” del capital es reconducido al peso creciente de una renta financiera que prevalece sobre el “capitán de industria”, a la internacionalización de los mercados financieros, al parasitismo de un empresariado cada vez más dependiente de la intervención del Estado y al abandono de la tradición “liberal” de los orígenes de capitalismo (21). Sin embargo, en ambos casos, la primera motivación de la estrategia soviética y consejista es hacerse con el gobierno de la empresa para sustituir al empresario-propietario en las funciones de promover el pleno desarrollo de las fuerzas productivas y el cumplimiento  de una fase crucial del desarrollo industrial.

Es segundo lugar, la asunción de la racionalización taylorista --entendida como “fuerza” objetiva de producción--  como forma de organización y de gobierno de la empresa “socializada”.

Es cierto, no faltan, también en este caso, diferencias substanciales. Para el Lenin de Las tareas inmediatas del poder soviético parecen superadas todas las reservas críticas expresadas en los artículos publicados en Pravda antes de tomar el poder (22). El atraso de la industria rusa y la desorganización de los grandes servicios colectivos no parecían dejar márgenes a un planteamiento radical. Por lo que será definitivo lo siguiente: la puesta en marcha de las reglas de la racionalización taylorista, mediante la disciplina más férrea. Esta disciplina será temperada “cuando sea posible” por una política salarial más próxima a las necesidades de supervivencia de los trabajadores. Pero esta política salarial, como es sabido, era parte integrante del modelo taylorista y, sobre todo, de su práctica fordista.

El mito de la organización “americana” de los ferrocarriles y de Correos era el objetivo a realizar con todos los medios y en todos los centros de trabajo para asegurar la supervivencia del gobierno bolchevique del Estado. Había que imponer –en un primer momento y con la mera coerción antes que con altos salarios--  a una masa de trabajadores ahora urbanizados, sin tradiciones y sin conocimientos profesionales  la dura ley del trabajo fragmentado, mediante la substracción del “saber hacer” y la concentración del poder de decisión en manos de los técnicos más o menos improvisados, adoctrinados por la escuela de la eficiencia taylorista.   

En Gramsci y los colaboradores del Ordine nuovo siempre está presente, sin embargo, la conciencia sufrida por los costes que comporta el sistema taylorista para el trabajo humano.  Y ello en razón de sus presupuestos esenciales (y no de sus degeneraciones): la fragmentación del trabajo, la expropiación de los saberes, la pérdida de sentido del trabajo “a trozos”. No falta, sobre todo en Gramsci, la convicción de que, aunque sean indeludibles en la fase histórica posterior a la Gran guerra, tales costes sociales no pueden mantener las características del trabajo futuro. Para el Ordine nuovo queda abierto el problema de una posible, aunque gradual y parcial, liberación del trabajo en un futuro no lejano: “Sin embargo, consideramos que una generación pueda trabajar perdiendo para garantizar a las futuras una libertad que, de no ser así, no sería posible” (23). Y en los escritos de Gramsci de aquel periodo, así con en la serie de artículos de Carlo Peri publicados en el  Ordine nuovo (1919) no faltan las referencias a una “revolución cultural” capaz de dar motivación y sentido a la aceptación de una división técnica del trabajo más rígida. No sólo con la “fe comunista” sino mediante una sistemática actividad formativa e informativa capaz de reconstruir – si no en el trabajo de cada obrero, al menos en su noción de todo el trabajo productivo--  una conciencia de la actividad colectiva y de sus interdependencias funcionales con la idea de dar razón y propósito a su prestación de trabajo a veces “embrutecedora” (25). Se ha observado justamente que en el Gramsci del Ordine nuovo, el consejo de fábrica –con su papel de reconstrucción de un conocimiento y una consciencia colectiva sobre el gobierno de todo el proceso productivo-- es “al menos en el proyecto un poder lleno de conocimiento de su objeto” que “intenta una fundación integral del trabajo y su recomposición”,  [aunque sea en términos todavía voluntaristas y meramente conceptuales]. En contra de la remoción operada por el leninismo de toda crítica política a la especialización en función de la reforma del trabajo y al compromiso que el leninismo consagra explícitamente entre las especializaciones: con la brecha entre el oficio de toda la política y los políticos (de todo el mando político, incluido el aparato) y el de la técnica, esto es,  toda la producción y los técnicos, toda la organización del trabajo y los saberes ya organizados (26).

Pero un análisis de partida común une la búsqueda gramsciana y la desprejuiciada utilización leninista del taylorismo y, sucesivamente, del fordismo. Y es precisamente el reconocimiento de que se estaba en presencia de la forma más evolucionada de organización de las fuerzas productivas; de la única forma posible de división técnica del trabajo; de una ciencia “neutra” que se podía poner indiferentemente, al igual que la máquina, al servicio de una sociedad gobernada por los representantes de los productores o de una élite de revolucionarios profesionales; o al servicio de una economía capitalista y un gobierno burgués.  “En una fábrica los obreros son productores en cuanto colaboran, ordenados de la forma que determina la técnica industrial que (en cierto sentido) es independiente del modo de apropiación de los valores producidos en la preparación del objeto fabricado [las cursivas son de Bruno Trentin] (27).     

En tercer lugar está la opción del consejo o del comité de fábrica, como organismo político de dirección de la empresa, destinado a sustituir el predominio del capital financiero, y a restituir a los técnicos, “aliados con los obreros”, el poder de garantizar el desarrollo organizado de las fuerzas productivas. En estos términos, el consejo de fábrica está ya concebido explícitamente como un poder estatal embrionario o, en la versión leninista, como parte de un proceso integrante para sustituir, de manera más o menos simultánea, el viejo ordenamiento estatal con otro de tipo “soviético”.

Sin embargo es, en este punto, donde surgen las diferencias más radicales entre la práctica del leninismo y la concepción gramsciana del consejo, incluso cuando Gramsci, hasta el final de la experiencia ordinovista, se empeña en oscurecer tales diferencias.  De hecho, para Lenin, la tardía opción por el soviet y el comité de fábrica –como embriones de un poder alternativo al viejo ordenamiento del Estado (tras haber ignorado totalmente sus potencialidades en el curso de los movimientos revolucionarios de 1905) y su consigna “todo el poder a los soviets”--  no le llevará nunca a reconocerlos, en todas las circunstancias, en el Congreso de los soviets,  como una forma de poder soberano, al que el mismo partido habría tenido que subordinar sus decisiones en el gobierno del Estado.

Diversamente de los soviets territoriales, los comités de fábrica, inicialmente dependientes de las Federaciones de industria (correa de transmisión del partido y “escuela de comunismo”) nunca asumirán un papel legitimado del gobierno de la empresa. Y rápidamente verán que sus funciones serán eliminadas, reducidas a ser meras “auxiliares”, con la concentración de todos los poderes en las manos del “director único” (28). Sin embargo, para Gramsci, el consejo de fábrica –antes que cualquier otro organismo de representación en el territorio--  constituirá el núcleo fundamental de un Estado alternativo, porque está situado en el corazón del sistema productivo. Se trata de una forma autónoma de autogobierno colectivo de la empresa industrial, necesariamente independiente de los partidos y de los sindicatos, que permanecen como organismos “privados” y “voluntarios” contra la naturaleza pública y estatal del consejo (29).

Para Lenin y sus más celosos seguidores en Italia, el soviet señala su propia función pública solamente con la conquista del poder mediante el gobierno del aparato central del Estado y su posterior transformación. Para Gramsci: “El Estado socialista existe ya potencialmente en aquellos institutos de la vida social que son característicos de la clase trabajadora explotada”. “Relacionar entre ellos tales institutos, centralizarlos fuertemente –aunque respetando sus necesarias autonomías--  significa crear ya, o incluso ahora,  una verdadera democracia obrera (30). Como se ha dicho: en Gramsci, la transformación es anterior a la conquista del poder; en Lenin es al revés” (31).

Por supuesto, las posiciones de Gramsci sobre el papel del partido político y sus relaciones con los consejos y el sindicato tendrán unas evoluciones significativas.  Sobre todo tras la derrota del movimiento que se desarrolló a partir de la huelga de las Lancette  [agujas del reloj, JLLB] en abril de 1920 (32).  Incluso con la acusación de “anarcosindicalismo” que, desde la derecha y la izquierda, le llueven a las tesis consejistas del Ordine nuevo,  Gramsci acentuará la polémica contra el reclamo del sindicalismo de salir de su función subalterna y “necesariamente corporativa”  como organización de resistencia, de organismo “determinado no determinante” (33). Y acabará por dibujar una concepción jacobina del partido revolucionario capaz de “guiar y educar a las masas” y de imprimir una nueva orientación a la Confederazione Generale del Lavoro y al movimiento cooperativo (34). Pero no desaparece del todo, incluso en el curso de dicho giro, una visión pluralista de las formas autónomas de organización y expresión del proceso revolucionario. La primacía del partido no se confía a una relación jerárquica, tal vez sancionada por la fusión del partido con el Estado, sino que es concebida como el resultado de la capacidad del partido de medirse con las diversas expresiones organizativas y políticas del movimiento obrero; y de conquistar sobre el terreno su propia capacidad de orientación y una función de guía, reconociendo ante todo –como lo reafirmará más tarde— “el valor revolucionario de los consejos de fábrica”.

En marzo de 1921, el Ordine nuevo (convertido ya en diario) indicará el objetivo de transformar “los consejos de fábrica en la base de los sindicatos y las Federaciones de industria”. El mismo Gramsci, a un año de la polémica con Angelo Tasca sobre la radical diversidad de naturaleza, de los consejos respecto a la organización contractual y voluntaria, encarnada por el sindicato, verá (¡demasiado tarde!) en los “parlamentos obreros”, representados por los consejos, el instrumento de transformación de la Confederazione Generale del Lavoro, capaces de “corroer los sedimentos burocráticos y transformar los viejos esquemas organizativos” (36).    

Pero, sobre todo, para señalar una profunda diferencia con la concepción elitista y prometeica del partido político que inspira –hasta la época del ¿Qué hacer?--  la concepción leninista del proceso revolucionario, tenemos la versión gramsciana de la sociedad civil que, ya en el periodo ordinovista, sigue siendo el lugar donde maduran las transformaciones, los movimientos y las rupturas revolucionarias que los partidos pueden interpretar, orientar y guiar, en determinadas circunstancias. Pero que nunca podrán provocar o substituir. Es en la sociedad civil donde la clase obrera construye su propia identidad en lo más vivo de la relación de opresión y explotación de la gran fábrica. Por esta razón, Gramsci nunca concebirá el consejo, en la fábrica,  como un vástago del gobierno de un partido en la sociedad y en el Estado. Pero seguirá siendo el gobierno autónomo de la fábrica, un centro autónomo de decisión creativa y, como tal, el embrión y el fundamento de un nuevo tipo de Estado (37).

En ello se evidencia una convergencia (tal vez no del todo consciente, en aquel periodo) de la visión gramsciana del proceso revolucionario, no tanto con el sindicalismo revolucionario de  Daniel de Leon (38) como con la función que Rosa Luxemburgo señala a los grandes movimientos espontáneos de masas que son expresiones autónomas de la sociedad civil y momentos de emancipación de los trabajadores de las tutelas burocráticas del sindicato y del partido, así como precondición necesaria de cualquier cambio cualitativo en las relaciones políticas entre las clases (39).  En esta convicción común de que la transformación de la sociedad civil y las múltiples articulaciones del conflicto social (incluso más allá del núcleo fuerte de la gran fábrica mecanizada) dictan sus leyes a la política y a la estrategia de los partidos revolucionarios (o reformistas) es ciertamente inherente a la premonición de que la ruptura de tal relación orgánica comporte necesariamente una deriva autoritaria que la condena a la derrota si el partido no pone en marcha el proceso revolucionario (40). En todo caso, se trata de una decadencia de la política y de su involución hacia un decisionismo de casta.

En caso de un grave límite de esta conexión, --siempre reafirmada, entre política y sociedad civil, entre partido y expresiones “espontáneas”, de la capacidad de la clase obrera de producir movimientos, asociaciones, nuevas formas de representación-- reside en una especie de abstracción-separación de los movimientos sociales y de sus expresiones institucionales (organizativas o representativas) con respecto a las causas específicas que les han sido solicitados y a los objetivos reivindicativos o políticos que los han inspirado. Y así darles razón o legitimidad, incluso a los mismos instrumentos asociativos o representativos de que se dota el conflicto social en determinadas circunstancias históricas.

En resumen, al interrogante sobre las razones del surgimiento de los consejos de fábrica o de la transformación del papel de las comisiones internas o de los motivos incluso contingentes, de la emergencia de los consejos de fábrica o del nacimiento de ciertos movimientos sociales, Gramsci parece considerar una respuesta exhaustiva solamente en la “voluntad de gobierno” de la clase obrera en el corazón del sistema capitalista en la gran fábrica mecanizada, en una situación internacional. Que, en algunos países europeos, parecía que había asumido unas connotaciones de ruptura revolucionaria, capaz de cuestionar la naturaleza misma del Estado (41).

Los objetivos reivindicativos y políticos específicos que injertaron estos movimientos parecen haber sido relegados a meros accidentes o, incluso, a pretextos, más o menos pertinentes con el caso de la huelga de las Agujas del reloj. Nunca, en todo caso, determinantes para entender las profundas razones (cambiantes de tanto en tanto) de dichos movimientos y las potencialidades que contienen de conseguir unos resultados políticos o sociales. Como si los movimientos sociales y sus expresiones organizativas e institucionales (por ejemplo, los consejos de fábrica)   apenas si asumieran la dimensión de un conflicto abierto y un hecho de masas, y consiguieran por dicho motivo su propia autonomía  en los choques de sus contenidos específicos y de los objetivos “contingentes” que han provocado el conflicto; y como si dichos contenidos y objetivos no tuvieran relieve alguno a la hora de determinar la cualidad y la salida del continuo conflicto de poder que se produce entre las instituciones del movimiento (el consejo de fábrica, en este caso) y las instituciones “del capital” (la propiedad y el “management” de la empresa).

Se ha señalado justamente la eliminación, que permanece en los escritos de Gramsci y del grupo ordinovista, de los específicos objetivos reivindicativos que, de vez en cuando, estaban presentes en los orígenes de los conflictos sociales en aquel Turín desde 1919 a 1920. Incluso cuando tales objetivos (que Gramsci parece dejar a los “bártulos” del sindicato) tocan cuestiones de un alcance relevante para la naturaleza de la organización del trabajo en la industria metalúrgica (como la modificación de los sistemas de destajo, la reducción del horario de trabajo, la penalización de las horas extra y otras formas concretas de “control obrero”) y para la estructura de la negociación colectiva, esto es, la reivindicación de un convenio nacional para el sector metalúrgico (43).

En este dato, que marca una drástica separación entre la función “política” y “pública”, confiada al consejo de fábrica y los contenidos específicos del conflicto social, tal vez, puede encontrarse una de las explicaciones de las dificultades que tuvo el grupo ordinovista para extender la experiencia de los consejos a otros sectores de la sociedad civil: en el campo, en los servicios y en la administración del Estado. Lo que explica la marcada infravaloración de Gramsci, durante los años ordinovistas, del papel de potencial sujeto político que “bien o mal” podía asumir el sindicato a la hora de fijar también la salida de los conflictos sociales más relevantes; y el sustancial desinterés de los ordinovistas por las conclusiones “sindicales” en los conflictos sociales y en la batalla por la legitimación de los consejos. Acabada la huelga general (en abril de 1920), y tras decidir la evacuación de las fábricas (otoño de 1920), se decidió que la lucha había “concluido”. O con una derrota o con la prueba de una total demostración de fuerza. En todo caso, como una etapa, que había acabado in se (sin solución de continuidad en el plano negociador o político) de un “proceso revolucionario” de largo periodo (44).

Sin embargo, dicho límite es, a su vez, revelador de la existencia de una profunda contradicción y de una aporía en la teoría consejista de Gramsci. Es cuando ésta parte de la aceptación acrítica del sistema taylorista como ciencia neutra de la organización del trabajo y como “destino del trabajo”, aunque sea por un largo periodo. Si, de hecho, el Gramsci ordinovista defenderá con uñas y dientes esta vital relación que vislumbra entre la acción política y la transformación de la sociedad civil y, con ella, el papel “creador” de los movimientos de masas (que ningún partido y ninguna élite pueden subrogar ni tampoco provocar), la autonomía de los consejos –como instituciones embrionarias del nuevo Estado— en los planteamientos de las organizaciones voluntarias y “mortales” (que para él son el partido y el sindicato), parece cerrarse ante la cuestión de la “posible” liberación del trabajo y la modificación de las formas concretas de la división técnica del trabajo, acentuándose sus contenidos opresivos y alienantes.

Cierto, a diferencia de Lenin, que reafirma como “imperativo categórico” la división entre economía y política, el dualismo de los saberes, la división entre las tareas entre la dirección del Estado --por parte de una élite que se autoinviste de la representación de los intereses y valores potenciales de la clase-- y la dirección férrea “como un reloj” de la industria y los servicios por una “burocracia omnipotente”, considerando la asunción de las técnicas más modernas heredadas de la burguesía; a diferencia de Lenin, decimos, Gramsci advierte la existencia de un problema irresuelto: el carácter “embrutecedor” y opresivo de una organización del trabajo que expropia al obrero de sus conocimientos y de cualquier motivación para trabajar. Por eso, en algunos momentos de la reflexión de Gramsci parece entenderse que, para compensar estos efectos devastadores del taylorismo sobre la condición obrera, no basta ni siquiera la suplencia de una actividad formativa y cognoscitiva del proceso de producción, incapaz, por si, de cambiar la naturaleza “estúpida” que priva de sentido el trabajo fragmentado. Y que, por el contrario, el trabajo puede ser incluso más insoportable si no existe cambio.

Sin embargo, Gramsci parece que se retira ante esa percepción. Y acaba por asumir como inevitable la condena del trabajo fragmentado y heterodirecto “al menos para una generación”. No acaba, pues, de salir de la duda de que una diferente división técnica del trabajo –o incluso la “crítica creativa” de la existente— pueda no sólo nuevas y esenciales motivaciones para una estrategia de “control obrero” que no se enajene de la transformación de las condiciones de trabajo, sino incluso un crecimiento más intenso de la productividad del trabajo y de la misma cualidad de la prestación del trabajo.

De ese modo, la búsqueda de Gramsci acaba por recluirse, ya en la época ordinovista, y en lo más vivo de un importante conflicto social, en una concepción del consejo de fábrica que separa el gobierno de la empresa del autogobierno del trabajo;  la lucha por el control de la empresa de la acción por cambiar las condiciones de trabajo. Y para conquistar, aquí y ahora, nuevos espacios de libertad en el proceso del trabajo.

Notas

(21) A. Gramsci. La relazione Tasca e il congreso camerale di Torino. L´Ordine nuevo, junio 1920.

(22) V.I. Lenin. Seis tesis sobre los objetivos inmediatos del poder soviético. Mayo, 1918. Obras completas.

(23) Gramsci. Socialismo ed economia. L´Ordine nuevo, enero, 1920.  

(24) Carlo Petri. Il sistema Taylor e i Consigli di produttori. L´Ordine Nuevo, noviembre de 1919.

(25) A. Gramsci. Ai commissari di reparto dell´officina Fiat. L´Ordine nuovo, setiembre de 1919.

(26) Ver Suppa, Obra citada.

(27) A. Gramsci. Il Programma dell´Ordine nuevo. L´Ordine nuevo, agosto, 1920.

(28) V.I. Lenin. Seis tesis sobre …, ya citada.

(29) A. Gramsci. Il Consiglio di fabbrica, ya citado.

(30) A. Gramsci. Democrazia operaia. L´Ordine nuevo, junio, 1919.

(31) Suppa. Obra ya citada.

(32) A. Grmasci. Il Partito comunista. L´Ordine nuevo, septiembre, 1920. 

(33) A. Gramsci, Il Partito comunista. Obra ya citada.

(34) A. Gramsci: “Todo intento de subordinar el Consejo a los sindicatos sólo puede ser visto como reaccionario”. Sindacati e consgli.  

(35) P. Spriano. Obra ya citada.

(36) P. Spriano. Obra ya citada.

(37) Esta es la primera contraposición entre, de un lado Bordita y Tasca, y de otro lado Gramsci: “Primero el Estado, después los consejos”.

(38) Sobre la influencia de Daniel de Leon sobre los wobblies, ver Paolo Spriano.

(39) Paolo Spriano, obra ya citada.

(40) A. Gramsci. Il partito e la rivoluzione. L´Ordine nuevo, diciembre de 1919. 

(41) A. Gramsci. Il Consiglio di fabbrica, ya citado.

(42) Paolo Spriano. Obra ya citada.

(43) Ver Maione. Obra ya citada.

(44) Paolo Spriano. Obra ya citada.      

martes, 19 de junio de 2012

CAPÍTULO 14. L´ORDDINE NUOVO





Me parece que estas primeras observaciones se unen en parte a las de algunos escritos relativamente recientes de la reflexión crítica sobre la “estrategia consejista” de Gramsci en el periodo del Ordine Nuovo.

Mario Telò señaló particularmente la escisión entre “economía” y “política” que permanece todavía en la concepción “ordinovista” de los consejos de fábrica y la ausencia, en dicha concepción, de la temática reivindicativa inherente a las condiciones de trabajo; a la contestación, aunque embrionaria, de la organización capitalista del trabajo; a la reducción de la duración del trabajo; a la superación del destajo; a la salvaguarda de los niveles de empleo; y a la modificación de la relación hombre / máquina, incluso en las plantillas de la fábrica (13). La ausencia, en suma, en la visión de Gramsci –pero no, sin embargo, como se ha dicho en el “programa” de 1919 de los responsables del reparto de las tareas--  del esencial anillo de conjunción entre, de un lado, la “defensa” de la condición obrera contra la intensificación de la explotación y la agravación del autoritarismo de la jerarquía en la empresa y, de otro lado, la acción consciente de la transformación de la sociedad y el Estado (14).

De hecho, el presupuesto conceptual del que arranca la reflexión de Gramsci es la desconfianza “teórica” en la contradicción salario / beneficio en tanto que contradicción resolutiva y su substitución con la contradicción general entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción en la que podría desarrollarse “autónomamente” y por “autoeducación”  el lado subjetivo y consciente de la fuerza productiva principal donde el trabajador   construye las premisas de una “psicología de productor”. De ahí que parezca conducir, en definitiva, a una especie de desatención en la “crónica reivindicativa” de las luchas de fábrica. Y, más en general, en los contrastes del “magma” donde maduran y se alternan –incluso en la consciencia de los trabajadores asalariados— las contradicciones específicas que, de vez en cuando, asumen un papel predominante en una organización del trabajo en incesante trasformación.

De ahí la dificultad de Gramsci y del Ordine Nuevo de entender completamente el papel que tiende necesariamente a asumir en la historia del conflicto de clase (abrumando a veces el tradicional e ineliminable conflicto entre salario y beneficio), la respuesta directa y específica del lado opresivo y alienante de la relación de trabajo asalariado. Es decir, la repetida separación de sus viejos y nuevos “instrumentos de producción” que el trabajador está obligado a soportar: la expropiación de su cultura, de su creatividad, de su saber hacer, de su libertad concreta, históricamente conquistada en la relación de trabajo. No sólo –y no sólo tanto— la expropiación de su plusvalía (15).  Por otro lado, esta comprensión aparece casi impedida por un análisis del capitalismo (y particularmente por el capitalismo en una economía subdesarrollada y ampliamente permeabilizada por estratificaciones sociales parasitarias donde Gramsci coincide con Lenin) donde predomina la preocupación por captar  los aspectos de decadencia y “de renuncia a la propia misión” de las clases dominantes que se identifican con el sistema capitalista.

Sobre este punto se realiza tanto en Gramsci como en Lenin una inversión de la relación marxiana entre fábrica y sociedad. O, al menos, así nos lo parece: no es ya la gran fábrica mecanizada la que expresa, en su interior, una irreducible y creciente dicotomía, manifestando  en su estructura general y en su relación de opresión un límite creciente no sólo para la libertad del trabajador, sino por la misma productividad del trabajo. No es ya la gran fábrica mecanizada la que expresa, en un régimen capitalista, su intrínseca “irracionalidad”  para proyectarla a toda la sociedad: “Es una cuestión de vida o muerte”, escribía Marx “[ … ] Sí, la gran industria fuerza a la sociedad, bajo pena de muerte, a sustituir al individuo aplastado, supeditado al tormento de  una función productiva de cada tarea con el individuo integral que sepa afrontar las exigencias más diversificadas del trabajo en sus funciones alternas” (16). Para Gramsci, sin embargo, la gran fábrica organizada es un conjunto racional y funcional y, en su totalidad, una fuerza productiva homogénea –aunque provisionalmente pueda estar privada de un timonel capaz de emprender-- y contrapuesta a un “mundo externo”, a una clase dominante “absentista” que oprime sus potencialidades.

No había solamente malicia en la polémica cita de un artículo de Gramsci sobre L´operaio di fabbrica, años más tarde, por parte de Guido Carli.  Carli, siendo presidente de la Confindustria, reivindicaba el papel central de la empresa como una “comunidad de intereses” contrapuesta a la sociedad y al Estado que, según él, estaban amenazados de disgregación. “La clase obrera se ha identificado con la producción, se ha identificado con la fábrica”, escribía Gramsci. “El proletariado no puede vivir sin trabajar metódica y ordenadamente. La división del trabajo ha creado la unidad psicológica de la clase obrera,  ha creado en el mundo proletario la solidaridad de clase; el proletario cuanto más se especializa en un gesto profesional tanto más siente que es la célula de un cuerpo organizado [ … ] tanto más siente la necesidad de que todo el mundo sea como una única e inmensa fábrica, organizada con la misma precisión, el mismo método, el mismo orden que verifica como vital que allá donde está trabajando  (las cursivas son de Bruno Trentin) (17). Gobetti observará  correctamente que la concepción ordinovista de los consejos acababa reconociendo como “naturales” las jerarquías de la organización capitalista del trabajo y que los obreros comunistas “interviniendo desde la fábrica asumían la herencia de la tradición burguesa, proponiéndose no sólo crear desde la nada una nueva economía sino reemprender y continuar los progresos de la técnica productiva que habían alcanzado los industriales (cursivas de Bruno Trentin) (18).

Quizás se comprende mejor, cómo bajo este prisma, la redefinición de la relación fábrica / sociedad, contenida en la teoría gramsciana de los consejos, es incapaz de arañar el límite económico que parece encorsetar ineluctablemente la acción del sindicato tradicional, y por otra parte no lo cuestiona. Para Gramsci también se trata de tomar nota del carácter, en aquel momento irremediablemente corporativo del sindicato, como alternativa al rol público y de “gobierno” que aguardaba a los consejos, como un dato y un límite ineliminables respecto al cual hay que establecer una rígida distinción en vez de una radical contestación. Por ello se comprende también hasta qué punto se confirma, en la concepción de Gramsci, la escisión que está presente también en la ideología del sindicalismo reformista, entre el momento de la producción (racional) y el de la distribución (irracional y anárquica);  entre la fábrica (racional) y el Estado (cada vez más impotente para expresar un gobierno de la clase capitalista y que prevalezca en ésta los intereses “productivos” sobre los intereses “parasitarios”). Y, consecuentemente, cómo el límite representado por la ideología marxista de las relaciones capitalistas de producción, que tienden a comprimir el desarrollo de las “fuerzas productivas”, se identifique y se “subjetivice” en el fracaso político de una clase dominante, incapaz de realizar con la planificación en la esfera de la producción esta racionalidad ya alcanzada en la gran fábrica, globalmente asumida como fuerza productiva plenamente realizada.

En ese sentido, sin embargo, como ya se ha visto, la relación entre la fábrica y la sociedad se invierte a lo previsto por la teoría de Marx. No obstante, nos parece que también lo es con  respecto a la actividad histórica –tanto del desarrollo de la lucha de clases y sus pulsiones reivindicativas como del proceso concreto de formación--  entre los asalariados con una consciencia de clase en relación directa con los “antagonismos inmanentes” al modo de producción dominante en una fase determinada del desarrollo industrial. De hecho, en la ideología ordinovista no parte de los contenidos específicos, incluso cuando no son eficaces, de la contestación obrera a la “irracionalidad” de la fábrica y de su “autarquía opresiva”, que uniendo la lucha defensiva de naturaleza salarial con la acción política para modificar las relaciones de poder en el reparto de las funciones intenta exportar, fuera de la fábrica, una propuesta de liberación de la clase obrera (19). Sin embargo, se parte en la tesis ordinovista de la recurrente tentación de reconducir la sociedad civil a las dimensiones de la fábrica. Sobre todo cuando estas tesis propugnan la necesidad de transportar la “racionalidad” taylorista de la gran fábrica (asumida substancialmente como un dato objetivo y neutro como si fuera una máquina) a toda la sociedad y a la organización del Estado.

Lo que, en este punto,  cambia de signo en la dirección general de la sociedad, con respecto al “proyecto” taylorista y fordista, viene –al menos durante una fase histórica--  de la existencia de un nuevo sujeto en el “puente de mando”. Un nuevo sujeto, consciente de los vínculos, capaces de ser asumidos voluntariamente, que imponen la “técnica” y la organización del trabajo. Y, por ello, la clase de los productores es más consciente y más libre. Pero, de ese modo, también corre el peligro –a pesar de la extrema riqueza de la investigación gramsciana sobre las estratificaciones sociales de la realidad italiana y sobre todo de sus connotaciones ideológicas— de partir en dos a la sociedad, de tipo puramente conceptual. Es decir, una ruptura que reprime el único mundo exterior de la fábrica “racional” en el área improductiva y, por tanto, parasitaria. 

El “neocatastrofismo” que se esconde dentro de la contradicción entre la fábrica moderna “sin jefes” y una sociedad en vías de disgregación comporta, de hecho, una contraposición entre “fuerzas productivas” y “fuerzas parasitarias”  es más “ideológica” que real. Es una contraposición que acaba constituyendo un límite sustancial en la construcción de una alianza entre la clase obrera y las otras clases subordinadas (20).

Por ello hay que preguntarse si este límite no pesó, en una medida substancial, a la hora de determinar el substancial* fallo de los intentos de construir un frente de alianzas, en primer lugar con las masas campesinas, en torno al movimiento consejista, en los años veinte del siglo XX. Este límite pesó tanto en la ausencia de un “proyecto político” unificador que el mismo Gramsci lo lamentó más tarde cuando reflexionó sobre aquella gran experiencia.                          


Notas

(13) Mario Telò. Strategia consigliare e sviluppo capitalistico in Gramsci. Problemas del socialismo, núm. 2 (1976)
(14) Ibidem. Il Bienio rosso.
(15) A. Gramsci. Il consiglio di fabbrica. L´Ordine nuevo, Junio de 1920.
(16) Karl Marx. El Capital.
(17) A. Gramsci. La settimana política. L´operaio di fabbrica. L´Ordine nuevo. Febrero de 1920.
(18) Piero Gobetti. La rivoluzione liberale. Einaudi, 1995.
(19) Ver Maione, obra ya citada.
(20) Mario Telò. Obra ya citada. 

* Nota del Traductor. Trentin repite la palabra ´substancial´ dos veces en la misma frase. Comoquiera que parece darle un carácter concreto y fuerte, no seré yo quien le maquille el texto buscando sinónimos [JLLB]

lunes, 18 de junio de 2012

CAPÍTULO 13. LA RESPUESTA DE GRAMSCI



La respuesta que Gramsci madura en la cárcel sobre la “crisis del marxismo teórico” aparece, incluso desde el ángulo visual que nos interesa, mucho más compleja respecto a los intentos de Lenin. No sólo porque su reflexión sobre el papel determinante de la “hegemonía”  --como punto de partida de un reconocimiento “activo” de la sociedad civil en todo su espesor cultural e institucional--  lo lleva a una concepción más articulada de la formación y del papel del partido político, incluso en su interior, entre gobernantes y gobernados para “crear las condiciones de que desaparezca esa  distinción” (7). Sino también para configurar que la función determinante de los intelectuales  nos parezca diferente de la esquemáticamente ilustrada y prometéica del ¿Qué hacer? de Lenin (8). Pero también porque, en su búsqueda de una vía de salida de la “derrota” de la teoría de una formación “espontánea” de la consciencia política de la clase obrera, a partir de la “contradicción elemental” entre capital y salario, mantiene su punto de referencia en el terreno determinante de la producción. Sobre todo en los escritos de la cárcel, el sujeto –el protagonista del proceso revolucionario--  es el productor colectivo.

Y también cuando su investigación y reflexión “autocrítica” vuelven al problema del partido político, del intelectual colectivo de la clase obrera, el eje sigue siendo la formación, desde el interior de la lucha de clases, de una “consciencia de productores” capaces de garantizar una hegemonía de la clase obrera en sus relaciones con las otras clases subalternas.  Gramsci no confunde nunca los medios con los fines, el instrumento del poder con el objetivo de la transformación de la sociedad a través de la emancipación del trabajador, incluso cuando son obligados los sacrificios transitoriamente necesarios: “El hecho de la hegemonía presupone indudablemente que el grupo dirigente haga sacrificios de orden económico-corporativo, aunque también es indudable que dichos sacrificios y tal compromiso no pueden ser lo esencial, ya que si la hegemonía es ético-política también debe ser económica. Pero no puede tener su fundamento en la función decisiva que ejerce el núcleo decisivo de la actividad económica (9). Justamente Nicola Badaloni habla de una recomposición y recuperación del marxismo por parte de Gramsci cuando en los Cuadernos de la cárcel, en polémica con Sorel, confiere al “historicismo absoluto” el sentido de un proceso del desarrollo revolucionario que expresa “la emergencia-construcción de este nuevo nivel de conciencia social, madurado potencialmente en el interior de la lucha de clases” (10).

Pero en este caso tampoco se elimina la impresión de que, respecto a uno de los problemas cruciales de la “crisis del marxismo teórico” (el límite manifestado por la “teoría” del empobrecimiento y de la formación “natural” de una consciencia de clase y del “partido de la clase”),  permanezca un nudo que todavía no se ha desatado. Entre las dos “naturalezas” del trabajador sometido a la explotación capitalista –esto es, la objetiva del asalariado y oprimido y la (potencialmente) subjetiva de “productor”--  parece que la primera acaba siendo, de cualquier manera, asumida como un dato inmutable durante un largo periodo y ya no interesa en su especificidad y en sus transformaciones. Y da la impresión que se da un salto en la búsqueda, concentrándolo todo en el proceso subjetivo de la formación de la “psicología del productor” a través de “su” revolución intelectual y moral. De igual modo parece que la solicitud de tal proceso de “autoconciencia” provenga (casi por la búsqueda del “equilibrio lógico”) de la decadencia, del espíritu de abandono, del parasitismo rampante de la vieja clase dominante –sobre todo en las sociedades europeas--  más que por los términos específicos del conflicto que opone el productor explotado y oprimido con el capital, y por la evolución de dicho conflicto en lo más vivo de la relación de explotación y opresión.

Siendo concisos: si no es mediante la tendencia, a la larga dominante, al empobrecimiento absoluto de las clases trabajadoras; si no es, sobre todo, a través del conflicto “primordial” entre capital y salario (en primer lugar, como defensa de los niveles mínimos de supervivencia y reproducción) que determina la formación de una “consciencia política” de la clase obrera hasta la concentración de las “particulares e infinitas fricciones” y al choque radical entre las fuerzas productivas y relaciones de producción, por aquella vía o por aquel proceso (que no es el puramente pedagógico o “prometeico”  promovido por la vanguardia-mito) ¿podrá el asalariado acceder a la consciencia de productor? (11). ¿A través de qué contradicciones específicas (atinentes a la condición de fuerza asalariada, subordinada y subalterna del trabajador concreto) no genéricas (como las correspondientes a la condición de “fuerza productiva” en potencial expansión y, en cierta forma, “comprendida” por las relaciones de producción) puede realizarse el trabajador en tanto que productor y contraponerse como alternativa creadora al capital? Si no hay respuesta a estos interrogantes esenciales, si ello no se resuelve, el riesgo se convierte en posponer el problema y confiar en cierto sentido en la “desaparición” de uno de los lados de la contradicción (en este caso del capitalismo como fuerza de propulsión) de la génesis del “sujeto revolucionario”. Es decir, la transposición del problema de la formación de una consciencia política de la clase obrera puede consistir en presuponer y no en “deducir” una imagen “inmediatamente” regresiva del capitalismo sobre el plano general y, sobre todo, en su especificidad nacional italiana. Una imagen “inmediatamente” regresiva del proceso de concentración monopolista y de su dominio por parte del “improductivo” capital financiero y de la burocratización de la empresa y del Estado a costa de notables forzamientos tanto teóricos como históricos.

A la contradicción “sin salida” entre salario y beneficio se puede sustituir, entonces, la contradicción más general y “genérica” entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, renunciando sin embargo, en alguna medida, a cualquier mediación con la condición histórica, concreta, “del productor explotado y oprimido”. Nos parece que una gran parte de la reflexión de Gramsci sobre la formación de una soreliana “psicología del productor” –como premisa fundante de la maduración del “sujeto revolucionario”-- no se escapa de tales límites de fondo. Ciertamente, en el periodo del “Ordine nuevo”, pero también en muchos escritos de los Cuadernos de la cárcel.

De hecho, debemos preguntarnos si con aquel modo de proceder (y la observación no se refiere solamente a la reflexión de Gramsci sino a otros momentos de la literatura marxista y de la praxis política del movimiento obrero italiano, incluso en la segunda posguerra), la exaltación del papel dirigente del productor no exija y no presuponga un análisis del capitalismo y de su evolución marcada por la asunción de su irreducible tendencia al “maltusianismo” y al “espíritu de renuncia”. Solamente bajo este presupuesto el “productor”  parece que puede asumir conscientemente la propia responsabilidad de clase dirigente y, al mismo tiempo, el trabajador explotado “puede” asumir una consciencia de productor porque se encuentra confrontado con la deserción y la impotencia del capital para gobernar el cambio tecnológico, económico y organizativo de la empresa y de la sociedad civil.  Con este asunto no se crea solamente una “oportunidad” para la clase obrera sino incluso una especie de necesidad histórica: un vacío que debe llenarse, una función en la que se debe asumir un papel de substitución (12). 

Pero si ello tiene algún fundamento,  ¿no encontramos aquí una explicación, aunque sea parcial, de algunos de los límites y de los errores que han marcado el análisis y la iniciativa política del movimiento obrero italiano en alguna fase (incluso posterior a los tiempos de Gramsci) de su experiencia? Y, entre estos, en primer lugar, la obstinada repetición de una literatura, en absoluto unilateral, del desarrollo capitalista y de sus crisis en 1919 – 1920, en 1929 – 1930, y en las del periodo de reconstrucción y restauración de la segunda posguerra hasta la de finales de los años cincuenta. Hablamos de un análisis en el que se cierne una versión puesta al día del “catastrofismo”: la tendencia casi ineluctable del capitalismo “monopolista” al inmovilismo y a la parálisis que se derivan de la fragilidad del tejido industrial italiano.  Y la que está basada en la interpretación reductiva y neoliberal de los procesos de concentración oligopolista, entendidos como tendencia a la estagnación de la innovación y la productividad, identificados con la “necesaria” ralentización de la investigación y el desarrollo tecnológico. 

¿Acaso no se estableció la hipótesis en la segunda posguerra de una fase democrática de transición al socialismo en el curso de la cual el capitalismo debería estar separado de su “superestrctura” monopolista? El duro desmentido que este análisis y esas profecías recibieron de la realidad del desarrollo capitalista (con sus relevantes capacidades de recuperación, a pesar de la existencia de distorsiones y contradicciones muy diferentes de las que se habían imaginado y, en consecuencia, de los acontecimientos concretos del conflicto de clases) se tradujo, en muchos casos, en una dura derrota del movimiento obrero del todavía que no se han sacado todas las enseñanzas porque siguen inexploradas sus causas.

Podemos hacer una segunda observación. En la medida en que un partido, con la vocación de desarrollar un papel de “vanguardia” política, define –a partir de dichas “profecías” sobre los posibles desarrollos del conflicto entre la clase obrera y las clases dominantes— la afirmación entre las clases sociales reales (que no son inmunes en sus manifestaciones a las influencias políticas e ideológicas tanto de las sedicentes vanguardias del movimiento obrero como de las otras fuerzas políticas y sindicales o incluso de las clases dominantes) corre el peligro de descarrilarse. Y de precipitarse –en términos de objetivos inmediatos a construir en el movimiento y realizarlo en los hechos--  en el pragmatismo y en lo aleatorio, huyendo paradójicamente de los esquemas previstos y transformarse en dogmas.  

¿En qué terreno y sobre qué objetivos se desarrolla la gran lucha obrera de 1919 y 1920? ¿Con qué objetivos un tanto temerarios y con intentos de “restauración”  por la mayoría de la FIOM? Por su parte, ¿qué pretendía definir el grupo dirigente del Ordine Nuevo, la defensa y extensión de un nuevo poder político de la clase obrera en el centro de trabajo y en el país? ¿Sobre qué planteamientos la patronal milanesa, convencida de que había madurado la oportunidad de infligir una derrota radical a la clase obrera tanto en sus objetivos reivindicativos inmediatos como –por ejemplo, en la reducción drástica del horario de trabajo--  como en las nuevas formas de organización del trabajo que intentaba ensayar? ¿O sobre qué planteamientos construidos empíricamente por la mediación del gobierno Giolitti que ofrecía un intercambio entre la renuncia de las reivindicaciones inmediatas más importantes  y la promesa de una legislación sobre la “participación” de los trabajadores en la gestión de la empresa que nunca se puso en marcha?

¿Acaso no fue todo aquello un pasaje continuo de uno a otro “criterio” de la salida del conflicto en la consciencia de los trabajadores empeñados en aquel choque? Más todavía ¿sobre qué proyecto reivindicativo y político era posible construir un sistema de alianzas con las masas campesinas y otras fuerzas sociales subalternas en torno al movimiento consejista? Es decir, ¿una alianza que no se limitase a registrar la posible coexistencia o la compatibilidad de reivindicaciones e instancias políticas diversas pero que se basara en algunos objetivos realmente unificadores? Si faltaba una conciencia colectiva y unívoca de la existencia –en la lucha de los trabajadores en las fábricas ocupadas— de algunos objetivos prioritarios e inmediatos, susceptibles de asumir un valor para el conjunto de las clases subalternas y “proyectarse” a la sociedad civil ¿cómo era posible, a partir de aquella lucha, construir lo que hoy se llamaría una estrategia unificadora y ejercer un papel hegemónico en el gobierno del conflicto social?

A estos interrogantes (de hoy más que de ayer) no podemos responder solamente con las reivindicaciones de la reducción del horario de trabajo y el aumento de los salarios, ni siquiera con el objetivo en si mismo del reconocimiento de los consejos. Reconocer los consejos: sin embargo, ¿para conseguir qué metas de control y transformación? ¿Para alcanzar qué objetivos de cambio de la condición obrera? Parece, a decir verdad  que –al menos mirando con los ojos de hoy aquella batalla de 1920  tanto la rica temática  reivindicativa de fábrica como el abordar las condiciones de trabajo entonces dominantes, que era la “fuerza motriz” de los consejos y un elemento determinante en su constitución—  no encontró  en los grupos dirigentes del movimiento un lugar de síntesis y mediación política en sus objetivos generales prioritarios.


Notas

(7) Antonio Gramsci. Cuadernos de la Cárcel. [Se recomienda la antología a cargo de Manuel Sacristán en Siglo XXI, 1977, JLLB] 
(8) Lenin. ¿Qué hacer? Editorial Progreso, Moscú.   
(9) A. Gramsci. Obra citada.
(10) Nicola Badaloni. Il marxismo di Gramsci. Einaudi, 1975.
(11) Silvio Suppa. Consiglio e Statu in Gramsci e Lenin. Dedalo Libri,1979
(12) Ni. Badaloni. Obra citada





        

sábado, 16 de junio de 2012

CAPÍTULO 12. LA CRISIS DEL MARXISMO




Nota de este blog. Este es el primer capítulo de la segunda parte del libro  LA CIUDAD DEL TRABAJO (BRUNO TRENTIN)




Este es el primer capítulo de la segunda parte del libro  LA CIUDAD DEL TRABAJO (BRUNO TRENTIN)



No hay duda de que en el origen de la “crisis del socialismo y del marxismo teórico”, a principios del siglo XX, y de los diversos intentos dirigidos a “transformar el marxismo” como teoría de la sociedad capitalista en una teoría de la formación de organizaciones humanas con la idea de promover el tránsito a una nueva formación social, está la dificultad de una lectura “pauperística” de los análisis de Marx y las teorías de la formación de la “consciencia de clase” a ella ligada. Con eso hay que ajustar las cuentas (1).

Hay que decir que la crítica de Eduard Berstein a la “ley” marxista del empobrecimiento –por unilateral y simplificadora que sea con respecto a la más compleja (y contradictoria) reflexión de Marx-- tenía en la obra de ambos algunos puntos de referencia: la caída del salario medio, casi imparable como proceso de largo recorrido (2); la tendencia a la comprensión cíclica del salario nominal como forma de “realización” de la plusvalía relativa; el rol determinante del ejército industrial de reserva en la formación (y en el descenso) del salario medio; la  posibilidad para la “clase organizada” de extender sistemáticamente, incluso en otros campos, las conquistas que Marx entendía como sustancialmente irreversibles (las diez horas, la limitación del trabajo de las mujeres y de los niños) y cómo se manifestaba la  “economía política de la clase obrera” en el interior del sistema capitalista (3), así como el desarrollo a escala mundial de las estructuras oligopolistas y el peso creciente del capitalismo de Estado (y del “capitalismo asistencial”). Todo ello  no entraba evidentemente en los cálculos y previsiones que el mismo Marx formuló cuando enunciaba sus tesis sobre el empobrecimiento de las clases trabajadoras.

De la misma forma es difícil no ver un nexo entre este filón del empobrecimiento y la previsión de crisis económicas sucesivas en el curso de las cuales se volvería a proponer (de manera contradictoria la “necesidad” de la clase obrera de salvaguardar un mínimo nivel de subsistencia debido a la reducción, pronto o tarde, del salario) la creación “natural” del partido revolucionario de la clase obrera en tanto que expresión “espontánea” de la formación de una conciencia de clase “per se” (4).

La concepción tan rica y articulada que Marx y Engels tenían del partido, mejor dicho, de los partidos de la clase obrera y de su capacidad de mutación en ósmosis con el movimiento de masas; su percepción, ya entonces tan aguda, de la necesaria independencia del sindicato (5) y su respuesta clarividente a la “máquina” lassalliana que, a nuestro entender, proponen elementos de reflexión estimulantes para hoy, parecen encontrarse en un punto muerto.  De hecho, por aquella vía, si estaba marcada y condicionada por una imparable tendencia histórica al empobrecimiento material y moral de las masas y por el conflicto “de resistencia” de los trabajadores contra el capital, por la defensa de las condiciones salariales de supervivencia,  el desarrollo de una consciencia  de la clase “per se” y la creación espontánea del partido de clase serían verdaderamente problemáticas. Porque los hechos parecían negar aquel proceso espontáneo; y la formación de una consciencia de clase –continuamente cuestionada por esa tendencia histórica al “empobrecimiento progresivo”  y al “embrutecimiento” de los trabajadores-- no podía definirse como una salida fatal e ineluctable.

Por otra parte, aunque Marx siempre había situado la formación de la consciencia de clase y la transformación de la lucha social en lucha política, en el conflicto de poder que, ineluctablemente, surge entre capital y trabajo, en el curso de la batalla por la “asociación”, que asume la primacía con respecto a la lucha por el salario, la convincente refutación de Bernstein  de la tesis del empobrecimiento sacaba, por lo menos, a la luz el carácter problemático de la salida del “choque” entre las clases y del mismo desarrollo del conflicto. Desde este punto de vista, nos parece que la provocación de Bernstein –sobre la cuestión del empobrecimiento--  entendió el malestar general del marxismo teórico.  

De esta “crisis del marxismo” surgieron, hasta nuestros días, diversos intentos tanto de sistematización teórica de una praxis “traducionista” (*) y reformista de corto aliento del movimiento socialista como, por el contrario, de revalorización de los factores objetivos y subjetivos que podían devolver credibilidad a la perspectiva de una superación revolucionaria del capitalismo; y que, de cualquier manera, podían “ocupar el lugar” de la “primavera” que representaba el empobrecimiento y la crisis catastrófica.

No intento, aquí, recordar o intentar resumir tales intentos. Sólo quiero subrayar sus aporías y, en general, su fracaso. ¿No eran, tal vez, hijas de esta crisis del marxismo teórico tanto los penosos planteamientos del Partido comunista francés hasta finales de los años cincuenta de este siglo sobre la pauperización de los trabajadores galos confrontados (a su pesar) con los jóvenes aprendices artesanos del Medioevo  como  los diversos y recurrentes intentos de buscar en otras clases subalternas, en la sociedad industrial o fuera de ellas, las nuevas fuerzas motrices de una revolución socialista?

De esta crisis surge también el gran esfuerzo de Lenin de volver a descubrir el papel catártico del partido revolucionario de “élite” como factor decisivo e insubstituible para promover una auténtica consciencia de clase. O sea, de una consciencia política de la masa obrera donde se teje la convicción de que la clase obrera conquiste una plena consciencia de sí y de sus propias potencialidades solamente a través del conocimiento de toda la sociedad y del conjunto de contradicciones que, de tanto en tanto, la caracterizan (lo que es, evidentemente, un “segundo momento” de la formación espontánea de la consciencia de clase) con el ansia voluntarista y romántica de “subvertir” los tiempos de este proceso. De esta manera se acercaba (no sólo en las tesis del ¿Qué hacer?)  a la identificación del verdadero factor de liberación de la clase obrera en el partido portador del “socialismo científico”.

Como es sabido, se trata, sin embargo, de una “liberación” que viene “del exterior” de la clase obrera y que acaba por seguir siendo “externa” y autónoma con respecto a la contradicciones específicas que, de vez en cuando, se expresan en la relación de explotación y opresión. Es como si el resultado del conflicto que opone la clase obrera al capital no estuviera al margen de sus objetivos, especialmente allá donde las realidades que las estratificaciones sociales y culturales de la sociedad civil presentan una complejidad cada vez mayor; y, sobre todo, en la medida en que permanece confinado en la mera reivindicación salarial, nunca por sí decisiva, lleve a relegar en la “pequeña historia” el análisis de los caracteres específicos (incluso cambiantes) que asume el conflicto de clase, no sólo salarial, en lo más vivo de la relación del trabajo subordinado.

El partido se convierte, así, en el necesario y “preliminar” educador de la clase. No se está lejano, en este aspecto, no sólo de la “torsión” kaustkiana y de la concpeción prometeica de Ferdinand Lassalle, ni tampoco de las tesis del joven Marx en su Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, cuando escribía: “La emancipación del alemán es la emancipación del hombre. La cabeza de esta emancipación es la filosofía y su corazón es el proletariado” (6).

Sería ridículo intentar, en pocas líneas, un resumen crítico de la respuesta leninista a la “crisis del marxismo” de principios del siglo XX ignorando las facetas y también las grandes contradicciones de dicha respuesta. Queremos limitarnos a “perseguir” –incluso mirando en las contradicciones del partido-- el tema que ocupa un lugar central en esta segunda parte del libro. Es decir, la investigación de una explicación del oscurecimiento progresivo que determina el nexo entre, de un lado, las contradicciones específicas de la relación de explotación y opresión y los contenidos específicos del conflicto de clase; y, de otro lado, las formas de organización (y la misma estrategia) del movimiento obrero en muchas fases de la experiencia socialista y comunista.

Es, bajo este perfil, donde parecen emerger el gran límite y las graves implicaciones de las respuestas lassalliana, kaustkiana y leninista a la cuestión de la formación de una consciencia de clase. De hecho opera (contra el mismo Marx de los años maduros y contra una buena parte del pensamiento socialdemócrata de principios del siglo XX) una auténtica ruptura de tipo voluntarista. Y constituye un proceso de sustitución de las contradicciones específicas que emergen de la relación capital / trabajo y de los objetivos que estas contradicciones inducen al conflicto social con la función anticipadora (a partir de una visión global de la sociedad, aunque siempre reivindicada como un apriorismo del que los profetas del socialismo científico tienen el secreto) orientada por el partido y sus intelectuales, revolucionarios profesionales.

Es difícil encontrar, por ejemplo, si no es en dicho giro voluntarista que caracterizará toda la obra de Lenin desde el ¿Qué hacer? en adelante, una distinta explicación del hecho de que, a pesar de su gran ductilidad e imaginación política, Lenin hubiera podido apropiarse –sólo en un segundo momento— de la experiencia  “soviética” del 1905. O del hecho que, incluso cuando tuvo la clarividencia de poner la cuestión del soviet como el principal terreno de la lucha en 1917, los contenidos concretos del poder “consejista”, sobre todo en los centros de trabajo, quedaron relegados a un segundo plano y aparecen con frecuencia “reinventados” a posteriori, prescindiendo de los problemas y conflictos particulares (pero decisivos) que estuvieron en el origen de los consejos en tal o cual realidad de fábrica. Aquí está, de hecho, la raíz de la sucesiva y dramática ruptura de Lenin con el movimiento consejista y con los mismos sindicatos y la traumática liquidación de la experiencia del control obrero. Es difícil encontrar una explicación distinta de la separación, que permanece en los escritos y en las decisiones del Lenin más maduro, entre la cuestión de la transformación del poder y del Estado (incluso cuando Lenin vuelve a hablar, por un momento, de la teoría de la disolución progresiva del Estado) y la socialización del poder en los centros de trabajo; y de la posible superación de las formas imperantes de la división del trabajo, de los saberes y de los poderes en la fábrica y en la sociedad civil.            

En realidad, Lenin nunca consideró las luchas sociales para cambiar el cuadro organizativo y jerárquico de las grandes empresas como el posible motor de una participación real de la clase obrera en la participación de “su” sociedad. También en este caso entra en la ideología leninista, junto a una nueva versión del “catastrofismo marxista”, un proceso ideológico de “substitución”. Mientras el partido suplanta a la clase e interpreta los intereses, con el uso del “socialismo científico”, la clase obrera está llamada a sustituir  un capitalismo ruinoso y “desertor”, lo que era verdad en la Rusia de 1917; y, en ese sentido, (supliendo al capitalismo absentista) está llamada a descargar en su función  de principal “fuerza productiva”  su papel de clase dirigente.

En lugar del fracaso producido por la tendencia al empobrecimiento, a la caída del ensayo de los beneficios y del valor del trabajo, está la “deserción” del capital que resuelve la contradicción marxiana. De esa manera, ofrece campo libre a la iniciativa revolucionaria y reconstructora  de la “clase obrera”. Y, en su nombre, su partido de vanguardia. No es por casualidad que, tras ello, éste sea el sentido del llamamiento a todos los partidos comunistas de la Tercera Internacional a principios de los años veinte.

En tales condiciones, la dirección política (y “administrativa”) del partido obrero podrá substituir legítimamente      –aunque invocando la necesidad de la emergencia y de la “transición”--  la lucha social contra la fragmentación y opresión del trabajo con la acción orientada a garantizar, con una fuerte disciplina jerárquica, el desarrollo “sin solución de continuidad” de las fuerzas productivas heredadas del capitalismo. Y, así pues, a través de la participación imaginaria de la clase obrera –mediada por la burocracia del partido en la dirección del Estado-- “sustituir” la consecución de una reforma, aunque sea parcial, de la relación de trabajo y de una solución, también parcial y provisional, de las persistentes contradicciones en la fábrica entre capital y trabajo, entre dirigentes y dirigidos.

El taylorismo, asumido como fuerza productiva, puede cambiar de signo si la clase obrera asume la dirección del Estado.          


Notas

(*)  Gregorio Luri, al que he consultado sobre este término, me aclara amablemente lo que significa con el siguiente texto tan pedagógicamente explicado: “El traducionismo es básicamente  la teoría que defiende que un Todo no es más que un agregado de partes y que, por lo tanto, puede explicarse a partir de las mismas. Es decir que una paella no es en el fondo más que una suma de elementos. Pero cualquiera sabe que una paella, un cocido madrileño o un bacalao al pil-pil es algo más que una suma. Son una unidad de sabor que no se pueden reducir a un sumatorio de componentes. Aquí la mano de la cocinera es la clave. No pretendo hacer coña, sino hacer explícita la clave de la cuestión. En la epistemología de las ciencias el reduccionismo ha pretendido explicar lo complejo -por ejemplo las realidades sociales- a partir de explicaciones simples -leyes físicas o estadísticas-“. Le quedo muy agradecido, profesor. [JLLB]

(1)               Eduard Bernstein. Socialismo teórico y socialdemocracia práctica.
(2)               Karl Marx. Trabajo asalariado y capital.
(3)               Karl Marx. Discurso de apertura de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Londres, 1864. http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/oe2/mrxoe201.htm
(4)               Resolución del Primer Congreso de la AIT
(5)               Escribe Marx: “En ningún caso los sindicatos deben estar supeditados a los partidos políticos o puestos bajo su dependencia; hacerlo sería darle un golpe mortal al socialismo”. Tal cual. Se trata de la respuesta de nuestro barbudo al tesorero de los sindicatos metalúrgicos de Alemania en la revista Volkstaat, número 17 (1869) en clara respuesta a lo afirmado por Lassalle, el jefe del Partido socialista alemán: “el sindicato, en tanto que hecho necesario, debe subordinarse estrecha y absolutamente al partido” (Der sozial-democrat”, 1869).
(6)               Karl Marx. Deutsch-Französische Jahrbücher (1844). 

jueves, 14 de junio de 2012

CAPÍTULO 11. REPENSAR EL TRABAJO DESPUÉS DE TAYLOR







Esperamos haber puesto de manifiesto las razones de una convicción largamente madurada y el objetivo de una investigación sobre la problemática de la liberación del trabajo en las culturas de la izquierda socialista entre las dos guerras mundiales que ampliaremos en la segunda parte de este libro.

Una de las raíces de la crisis de identidad de la izquierda en la Europa occidental, y que asume formas incluso paroxísticas en el caso italiano, reside en el hecho de que, mucho antes del fracaso (y después la explosión) de los sistemas autoritarios del “socialismo real” dieran el tiro de gracia, el modelo taylorista-fordista y sus culturas productivistas, industrialistas y evolucionistas estaban frenando la actividad de los movimientos sociales y políticos que, estando a la espera del socialismo, actuaban de cara a una mejor distribución de los recursos producidos por este modelo “neutro” y científico de organización de la empresa y la sociedad. Ello pudo suceder, dejando muchas de las fuerzas de la izquierda occidental sin un proyecto creíble y triunfante en las cuestiones cruciales del trabajo y de su libertad, porque las fuerzas principales de la izquierda construyeron sobre el modelo taylorista-fordista una parte fundamental de sus estrategias de transición e incluso de sus prefiguraciones de una sociedad “desarrollada”.

Cierto, esta no es la historia de toda la izquierda. Este ensayo no tendría ningún sentido si fuera el testimonio de un desconsolado y sabiondo observador que predica en el desierto. Por el contrario, la historia de toda la izquierda –incluso de las cuestiones que hemos evocado--  está plagada de intentos y fracasos, de búsqueda de otras vías y de conflictos internos, incluso lacerantes, sobre los caminos a recorrer para construir una alternativa que gane la partida a la ideología fordista y taylorista. De ahí que sea necesaria, hoy,  una reflexión crítica del pasado y solicitar una nueva mirada sobre aquellas ideas y esperanzas concretas, sobre aquellos trabajos culturales que fracasaron en el intento.      

Se trata, en suma, de partir de la conciencia de que las posiciones asumidas por el movimiento obrero en Occidente (o, al menos, por las tendencias culturales y políticas dominantes) en torno al taylorismo y al fordismo constituyeron realmente el reflejo de la primacía de una determinada corriente ideológica y no la expresión de una cultura monolítica de la izquierda y del sindicato. Sin embargo, estuvieron marcadas –incluso en la cuestión del trabajo--  por amplias y lacerantes divisiones entre las diversas estrategias y las diferentes búsquedas. Podríamos decir que entre diversas “utopías” de la liberación del trabajo que arrastraban consigo opciones cada vez más radicalmente alternativas. Como la alternativa entre la primacía del desarrollo y de las libertades individuales y la igualdad de oportunidades. Como la alternativa entre el desarrollo ininterrumpido de las fuerzas productivas y la asunción de límites al desarrollo sobre la base de la salvaguarda del equilibrio ecológico, pero también de la integridad psicofísica de la persona humana y sus enormes potencialidades. Como la alternativa entre la primacía de la superación de la explotación (la expropiación de un plusproducto del valor superior al salario) y el primado de la respuesta a la alienación concreta existente en la relación de opresión que predetermina la cualidad del trabajo. O, en definitiva, la alternativa entre derechos y libertades individuales, de un lado, y la “igualdad de resultados” como precondición para el ejercicio de tales derechos, de otro lado. Estas diversas antinomias pueden resumirse en la que ha sido determinante y ha lacerado durante dos siglos la cultura socialista: ¿la superación de la alienación es posible solamente más allá de la sociedad industrial, en los espacios que ha dejado libres el sistema de trabajo predeterminado? ¿O ello es el resultado de un camino –ciertamente, gradual e incierto--  pero inmediatamente posible? ¿También, y en primer lugar,  en aquella parte de la vida humana que tanto incide en su existencia, en su cultura, en sus deseos y en sus percepciones: el trabajo compartido con los demás?

Cuando hablo de alienación en el trabajo y de liberación del trabajo en las relaciones de producción, me refiero, ciertamente, casi exclusivamente a las culturas de inspiración socialistas (comprendidas las corrientes anarquistas y libertarias). Singularmente las culturas liberales, incluso las más avanzadas en el terreno de la democracia política y de las libertades individuales eliminaron el tema del trabajo como fuente de un derecho de ciudadanía,  haciendo dejación de la dura herencia de una tradición de pensamiento que hacía de la propiedad la primera de las libertades inalienables, subordinando a la propiedad (como factor de independencia), la pertenencia a la “ciudad”. Sin embargo, una cosa es cierta. Con la crisis del sistema taylorista de organización del management y del trabajo en todos los centros de la actividad colectiva –en la fábrica, en la administración pública; con los límites de los modelos fordistas de organización de las economías y del gobierno de los procesos productivos; con el desvelamiento  las implicaciones autoritarias, en última instancia, en los procesos de “racionalización” que afectó a todas las naciones industriales de Occidente y en el “desencanto”  del mundo profetizado por Max Weber; con el resurgir –tanto en las naciones occidentales como en los países del Este europeo--  de imponentes movimientos para afirmar nuevos derechos civiles contra la primacía del desarrollo sin límites y contra un igualitarismo de los “resultados”, que negaba los derechos y las diversidades; con tales convulsiones de un escenario que había conocido la hegemonía de los sistemas “científicos” de organización de la producción, de los poderes y de los saberes … todas estas antinomias se volvieron a proponer en unos términos todavía más dramáticos para las culturas de toda la  izquierda. No sólo las de tradición socialista. La izquierda está nuevamente convocada a ajustar las cuentas a estas antinomias en el momento en que acusa los más graves retrasos, sin percibir el enorme alcance de los cambios en una sociedad civil que había relegado en su memoria como un dato inmutable durante un largo periodo; y en el momento que reconoce su propia impotencia para gobernar dichos cambios, también porque el escenario que establece, para una gran parte de la izquierda constituía no una fase contingente y contradictoria de la organización de la producción y de las sociedades industriales sino un proceso objetivo que estaba fijado por las leyes de la historia y de la ciencia. No era una contingencia sino un dogma.

Ajustar las cuentas con las antinomias del pasado, que vuelven hoy con una fuerza acrecentada y con nuevos y cambiantes contenidos, quiere decir, para una gran parte de la izquierda contemporánea, tomar conciencia de su propia subalternidad cultural a un dogma que reflejaba solamente el éxito --no inevitable, no “irresistible”-- de una ideología de las clases dominantes en una determinada fase de la historia. Tomar conciencia, también, del hecho de que tampoco está “escrito en la historia” la salida de la actual crisis de dichas ideologías y de los modelos de sociedad que ha inspirado; ni la afirmación “irresistible” de un único y determinado modelo de organización social que tome el relevo.

Si la izquierda consigue tomar plenamente conciencia de su profunda subalternidad cultural al taylorismo y al fordismo podrá “procesar” su pena. Y liberarse simultáneamente de los errores ideológicos que el taylorismo y el fordismo han desmentido; en primer lugar, en los países del socialismo real. Como la propiedad estatal de los medios de producción como condición para reducir la explotación y, sobre todo, la opresión del trabajo humano. O como la lucha ilusoria contra los beneficios a través del arma del salario, independientemente del destino de los beneficios y del tipo de servicios y derechos que el aumento de los salarios permitía conseguir o ejercer. O como el progresivo enclaustramiento del quehacer político en el estrecho ámbito de las medidas distributivas, utilizadas para compensar el defectuoso uso de algunos derechos y no para promover su propio ejercicio, incidiendo, también así, en la organización del trabajo de los hombres y las mujeres, con el fin de conseguir resultados económicos ventajosos para el mayor número de personas. Esta toma de conciencia y esta “desgracia” no son, desgraciadamente, procesos completos. Sobre todo en Italia. Prevalece todavía en gran parte de la izquierda –socialista y liberaldemocrática— la remoción de tales exigencias. Como si se tratase solamente de pasar página de golpe y porrazo sin conocer completamente qué hay que dejar y qué se debe conservar de todo aquello que la historia de los hombres de la izquierda, con sus lacerantes conflictos internos, han escrito en las épocas precedentes.

Tal es el convencimiento que nos ha llevado a emprender esta investigación como la de Gramsci y la izquierda europea frente al “fordismo” en la primera posguerra, [se trata de la segunda parte de este libro, JLLB], deliberadamente unilateral en su análisis porque su objetivo es poner al desnudo las aporías, los retrasos y las contradicciones que muchos hombres de la izquierda han eliminado durante décadas y décadas, de los que muchos de ellos, todavía hoy, ni siquiera tienen plena conciencia. Mirar al futuro, contribuir a construir el futuro no será cosa fácil para una izquierda que conserve estos “cadáveres en el armario” y su mala conciencia. De hecho, son “handicaps” que, en cada paso, corren el peligro de oscurecer su misma capacidad de percepción del presente, con sus incesantes transformaciones, en primer lugar en la conciencia de los hombres y mujeres que viven en sociedad.

Nos aguardan grandes opciones que necesitan desarrollarse con lucidez, decisión y el rigor de quien sabe medirse con unos vínculos no piadosos impuestos por una disponibilidad, limitada e incierta, de recursos; y ello frente a las fluctuaciones, a menudo incontrolables, de los mercados mundiales, a las terribles ineficiencias de la máquina pública, a las perdurables injusticias de la política fiscal y la distribución, frecuentemente discrecional, de las transferencias y servicios a los ciudadanos. Es decir, las grandes opciones de reformas de la sociedad en la que vivimos. Que debemos construir con el consenso de una gran mayoría que debe ser conquistada, no mediante la ilusión para satisfacer una suma de intereses entre ellos inevitablemente en conflicto sino a través de una batalla cultural y moral. Con la idea de encontrar –en el interés común de la realización efectiva de los grandes derechos universales (privilegiando a los excluidos y más desventajados, incidiendo en las pequeñas y grandes áreas de privilegio— las razones de un nuevo pacto de solidaridad entre los ciudadanos. Pero, en primer lugar, de los ciudadanos que viven de su propio trabajo o que aspiran a encontrar una ocupación cualificada. Un nuevo compromiso social entre las fuerzas que concurren a crear la riqueza de de un país mediante mercancías, servicios, cultura, conocimientos debe ser la pista de aterrizaje, no la premisa de este pacto de solidaridad entre los diversos sujetos del mundo del trabajo, para conquistar una efectiva igualdad de oportunidades en el ejercicio de los derechos individuales y colectivos de validez universal.

Sólo mediante tal enfoque, que recupere la dimensión ética y cultural del quehacer político, la izquierda podrá llegar a ser, por primera vez, la protagonista, no de la defensa de raquítica de un Estado social de las corporaciones, que ya se ha convertido en la fuente de desigualdades y nuevas exclusiones. Se trata de la reforma de un Estado social hacia la creación de una “sociedad solidaria de las oportunidades”, capaz de superar las crecientes distorsiones y prevaricaciones que los sistemas dominantes en la gestión burocrática de las instituciones sociales determinan en la erogación de las rentas y los servicios, basándose en la ignorancia –propia de los sistemas “asegurativos”--  de las diversas condiciones de partida de las personas, de las distintas expectativas personales de promoción cultural, de las diferentes expectativas de vida, de las diversas aspiraciones de las personas a realizar sus propias actitudes potenciales tanto en el trabajo como en la vida en comunidad.

“Personalizar” la intervención de una “sociedad de las oportunidades” con el concurso de las instituciones públicas, de las comunidades locales, de las asociaciones del voluntariado, de las empresas privadas y colectivas que acepten  las reglas comunes que dicta la colectividad, con la contribución financiera general de la colectividad y sobre la base de una solidaridad transparente, explícitamente finalista para la consecución de sus objetivos específicos. Lo que quiere decir poder afrontar de manera descentralizada, pero en un solo contexto,  en un gran proyecto unitario los grandes temas de la enseñanza, de la formación permanente y de la relación entre la enseñanza y la industria; de la protección social, en función de la ampliación de las expectativas de la vida activa, pero en primer lugar para combatir los riesgos de marginación y la muerte precoz. Con reglamentaciones del mercado de trabajo con la certeza de reglas y derechos, dando, a quien efectivamente está expuesto a trabajos temporales, mayores ocasiones de promoción profesional y derechos efectivos de codeterminación de su propio trabajo y un apoyo colectivo en la búsqueda de un nuevo empleo más cualificado.

Sólo con un enfoque similar será posible definir una política de pleno empleo que no separe en adelante la creación de nuevas ocasiones de trabajo de la mejora de la calidad del empleo, del crecimiento de sus espacios de autonomía y de participación en las decisiones (y no en los beneficios) de la empresa.

Sólo con un enfoque similar, una izquierda moderna podrá utilizar los instrumentos fundamentales de la investigación, de la formación, de los incentivos a la innovación (no sólo de la tecnología, también de la  organización del trabajo). Se trata de promover la actividad de investigación, la socialización de las innovaciones, las sinergias en los proyectos a nivel europeo, la actividad de formación permanente y, sobre todo, las transformaciones de la organización del trabajo que valoricen –incluso a través de la negociación colectiva--  el papel y la autonomía de la persona que trabaja, favoreciendo su participación ante todo en la programación de su propio trabajo, animándolo a la finalización de políticas salariales y de nuevos regímenes de horarios de trabajo.  

De esta manera se pueden construir las premisas de una auténtica reforma institucional de la sociedad civil  que, partiendo de una nueva legislación de derechos civiles y sociales con la acción positiva que la haga posible, defina las reglas que deben garantizar sus funciones, la representatividad y la vida democrática interna de las asociaciones (desde el sindicato al voluntariado) y los códigos de comportamiento de las empresas  que operan en el mercado social. Solamente el comienzo de dicha reforma institucional de la sociedad civil del próximo siglo XXI podrá nutrir las ideas-fuerza para que la reforma sea duradera.

Por esta vía, la progresiva liberación del trabajo de los cepos más gravosos que obstaculizan la libre expresión de la persona puede crearse un proyecto creíble de transformación  de la vida cotidiana. Un proyecto de transformación de esta sociedad. Y no una promesa engañosa que todo lo confía a las generaciones venideras con el objetivo de justificar las renuncias y sacrificios de quien sufre, aquí y ahora, no los costes necesarios de una política reformadora sino las desigualdades y las “mutilaciones” que produce un ingobernable estado de las cosas.



Nota de JLLB. Con este capítulo se cierra la primera parte del libro. La segunda seguirá su curso en este mismo blog. Su título es “Gramsci y la izquierda europea frente al fordismo en la primera posguerra”.