lunes, 28 de mayo de 2012

CAPÍTULO 1 ¿HUBO OTRA IZQUIERDA?




La crisis ya manifiesta de lo que se acostumbra a definir el sistema “taylorista-fordista” durará mucho tiempo entre avances y derrotas redefiniendo modelos de organización del trabajo humano que cada vez tienen un carácter menos definitivo (1). Pero, a partir de ahora, esta crisis parece destinada a abrir nuevas heridas y nuevas divisiones entre las organizaciones sociales y políticas que se inspiran en los diversos ideales de emancipación de las clases trabajadoras y en el interior de cada una de ellas.

Sobre todo, esta crisis coge una vez más con el pie cambiado a una gran parte de las fuerzas de izquierda en Italia y en Europa, pillándolas frecuentemente desarmadas dada la consciencia tardía (cuando la hubo) del inicio de dicha crisis  y de sus implicaciones sociales y políticas. Estas fuerzas no han ajustado las cuentas a la herencia de la cultura taylorista-fordista que llevan en sí mismas. Ni tampoco han tomado plenamente consciencia de la influencia que esta cultura ha tenido en las ideologías productivistas y redistributivas que, a lo largo de un siglo (incluso mediante la fuerte legitimación de los grandes ideólogos de la revolución socialista y del socialismo real) han dominado el pensamiento democrático y socialista en todo el mundo. 

Vuelve a emerger, con formas frecuentemente empobrecidas por el colapso de las ideologías milenaristas, de un lado, la contraposición histórica entre un maximalismo reivindicativo, instrumental y subalterno con relación a la primacía de la lucha política que tiene como objetivo, ante todo, la conquista –si no del poder estatal--   sí por lo menos del gobierno; y, de otro lado, un gradualismo redistributivo cada vez más condicionado por la restricción de los espacios existentes para una recolocación de los recursos frente a la crisis fiscal e institucional del welfare state, particularmente en su versión asistencialista, como es en el caso italiano. 

En suma, parece que se repite, en una versión casi caricaturesca, el conflicto que dividió a los reformistas de los revolucionarios a finales de la Primera guerra mundial. Y ello en un contexto político, económico y social en el que han cambiado profundamente (e incluso han desaparecido o colapsado) todos los referentes y todas las categorías culturales e ideológicas, que hace casi ochenta años, parecían legitimar aquella laceración de la izquierda europea.  

Hoy como ayer, esta izquierda parece que está condenada a sufrir, retomando una expresión de Gramsci,  una segunda “revolución pasiva”: la que nacerá del profundo malestar que afecta al mundo de las empresas y a las organizaciones del Estado y a la sociedad civil en su larga marcha hacia el postfordismo. Y, a la inversa, aquella revolución pasiva que se deriva de la dificultad orgánica de gran parte de la izquierda occidental de comprender, antes del alcance de su crisis,  la naturaleza y las implicaciones de un sistema de cultura y de ideologías que hasta ahora ha permeabilizado el modo de trabajar y producir en todas las sociedades industriales del mundo, ya fueran capitalistas o “socialistas”.  También con la dificultad histórica de definir una estrategia de tutela de los trabajadores subordinados, capaz de reflejar, incluso en las formas y en los objetivos del conflicto social, los nuevos imperativos de la reconquista del saber, de autonomía y de poder, vueltos a proponer tras una “larga noche”, también por la crisis de la organización científica del trabajo y sus modelos de gestión de la empresa y la sociedad. 

Sin embargo, por lo general esta crisis se recondujo esencialmente por el efecto “revelador” y por las repercusiones devastadoras del colapso de los regímenes del “socialismo real”. Dicho colapso marcó un giro en el desgaste de los antiguos pilares de las diversas ideologías del socialismo y del reformismo radical como, por ejemplo, la propiedad pública de los “medios de producción” o la expansión ilimitada de un Estado social centralizado y de los procesos redistributivos que garantizaba. Pero la literatura y el debate político de la “izquierda” tendieron formalmente a infravalorar los factores que, muchos años antes de la caída del Muro de Berlín, pusieron en evidencia una creciente dificultad de los movimientos socialistas y de los sindicatos a la hora de interpretar las profundas transformaciones de los sistemas de producción y de organización de la sociedad civil a los que hemos hecho referencia. Y, sobre todo, su dificultad para prever una estrategia que fuera capaz de ofrecer objetivos y soluciones no contingentes (y no puramente defensivos) a dichas transformaciones. 

De hecho, el inicio de esta crisis está probablemente situado en la fase que coincide con el agotamiento de los primeros treinta años de crecimiento casi ininterrumpido de la producción y las rentas en los países industrializados (los trente glorieuses, como dicen los franceses) y con el surgimiento de los crecientes límites del modelo fordista y de las formas tayloristas de organización del trabajo ante la irrupción de las nuevas tecnologías flexibles de la información y un proceso acelerado de mundialización de los mercados. Es en este periodo cuando en realidad se determinan incesantes cambios de los mercados laborales (no debidos solamente al aumento de un desempleo estructural de masas) y de la composición social de las clases trabajadoras. 

Sin embargo, con estas observaciones pretendo referirme sobre todo a la que llamaré la “izquierda que ha triunfado” (sinistra vincente). Y a aquellas culturas de la izquierda que, al menos hasta hoy, han acabado prevaleciendo, ya sea en las batallas ideológicas que han atravesado el movimiento obrero desde su nacimiento, ya sea en la dirección efectiva de los partidos socialistas y comunistas; o bien,   en la gestión o en el condicionamiento del conflicto social. Es decir, me refiero a esa parte de la izquierda que ha conseguido, al menos en última instancia, hegemonizar, de vez en cuando,  con sus propias ideologías y opciones políticas, todas las orientaciones dominantes en las luchas sociales y políticas del mundo del trabajo.  

Desde los albores del movimiento socialista –y antes en cierto sentido--  siempre existió “otra alma” de la izquierda. Cierto, se trataba de una “izquierda” que nunca se expresó de manera acabada.    Se trata de otra “alma” que se expresó de manera repetida a través del testimonio, a menudo fragmentario y disperso (y liquidado por una historia escrita por los vencedores), de una búsqueda y una tensión, de vez en cuando más presente en una orientación política  que en otras. Y en todos esos casos se ha tratado, a fin de cuentas, de tendencias que, salvo breves paréntesis, han sido minoritarias y fracasaron. 

Naturalmente, esta “otra alma” de la izquierda también está afectada  en estos años por la  crisis de identidad que atraviesa todas las corrientes culturales y políticas de la izquierda. Pero, tal vez, es portadora de valores e instancias que pueden sobrevivir a los de la izquierda que hasta ahora ha triunfado.

De hecho, se trata de un alma de la izquierda occidental (en ella intentaremos encontrar algunos rasgos en estos ensayos) que, incluso cuando ha asumido formas extremas y objetivos radicales, voluntaristas o utópicos, frente a la consolidación y extensión de la hegemonía taylorista-fordista en las sociedades industriales, se  caracterizó siempre como la expresión –incluso antes que una exigencia de equidad social y de un proyecto redistributivo de los recursos disponibles— por una demanda de libertad, de socialización de los poderes y los conocimientos, ante todo en el centro de producción. Y como la expresión de una “cultura de los derechos”, orientada en primer lugar a la tutela de los trabajadores subordinados, pero siempre a partir de la persona concreta que trabaja y de la modificación de una relación social basada en la restricción y en la total heterodeterminación del trabajo.

De hecho, esta “izquierda diversa” parece dar testimonio de la supervivencia –en términos filosóficos, políticos y sociales— de una antigua e irreductible contradicción que atraviesa, primero, el pensamiento democrático y, después, el pensamiento socialista desde sus orígenes. Y que aparece, viva e irresuelta, incluso en la búsqueda de los grandes teóricos del socialismo, empezando por Karl Marx: la contradicción que resurge siempre, de un lado, entre el reconocimiento del papel emancipador de los derechos políticos y civiles universales (aunque legitimados, en primer lugar, sólo formalmente); y, por otro lado, la crítica demoledora del carácter mistificador de tales derechos (solamente “proclamados” en una sociedad basada en la desigualdad económica y social) que conduce a afirmar la necesidad prioritaria de crear –mediante la abolición de las causas y efectos de las desigualdades reales--  las condiciones históricas del ejercicio de estos derechos. O, dicho en otros términos, la contradicción entre la primacía de la igualdad, ante todo formal, de los ciudadanos, como titulares de los derechos universales, y la igualdad de oportunidades para ejercerlos y la primacía, sin embargo, de la igualdad de los resultados; o sea, de una producción y una distribución de los recursos que, en todo caso, garanticen un mínimo de igualdad real en el disfrute de tales recursos, independientemente del ejercicio efectivo de los derechos “formales” de una parte de los individuos.

Esta contradicción, que se expresará en fases recurrentes en la experiencia concreta de los movimientos reformadores (mediante ásperos y lacerantes conflictos políticos entre los diversos partidos y asociaciones, e incluso en el interior de cada uno de ellos) estaba destinada, por otra parte, a implicar concepciones, ideologías y “categorías” culturales de dimensiones más generales.  Igual que el significado y las implicaciones (incluso en términos de recursos necesarios para su explicación) de las libertades y de la autorrealización posible de la persona, ante todo en su trabajo y en su vida activa, en oposición a la búsqueda prioritaria de los medios para conseguir una felicidad “necesaria” de la persona, o para asegurar  su vocación o predeterminación histórica, en el momento en que la persona se identifica con una clase o con una “masa”, en su quehacer  colectivo, capaz de dar “sentido” a su actuación cotidiana y transcenderla. Esta contradicción acabó, de hecho, identificándose con el conflicto político y social que siempre contrapuso a quienes consideraban prioritaria e ineludible la cuestión de la transformación de la sociedad civil y de sus formas de organización (incluso como legítima condición a una candidatura al gobierno y a la reforma de las instituciones estatales) y a cuantos, no obstante, asumieron la cuestión del Estado (la atribución de poderes casi ilimitados en contraposición a los individuos), de su conquista y transformación (como condición, subyacente entre sí, para introducir cualquier cambio estructural en la sociedad civil) como cosa central y preliminar de toda teoría y práctica de la transformación social.

También esta contradicción se orientó a expresarse en concepciones de la “política” y de lo “político” radicalmente divergentes entre sí;  en el papel y la autonomía recíproca de los movimientos sociales y políticos que operan para cambiar las condición civil y política del trabajador subordinado; en las relaciones que pueden o deben existir entre ellos, en la sociedad civil y en los sistemas institucionales; en el rol, la organización, la vigencia y la funcionalidad misma de los partidos con respecto a objetivos históricamente determinados; en la relación entre partidos (o el partido “predestinado” a la unificación o a la absorción de las diversas formaciones partidarias de la clase trabajadora) y los sindicatos; en la relación entre partidos, sindicatos y otras formas de asociación voluntaria orientada a la consecución de un objetivo específico tanto social como político; entre la primacía sobre las otras de una de estas, diversas y cambiantes, formas de organización de la sociedad civil; entre la posibilidad (o no) de poner límites, distintos de aquellos que venían dictados por las reglas de una democracia consumada, en el actuar de cada una de estas organizaciones; y en la posibilidad de definir una división de las tareas o una relación de subalternidad entre ellas.

De hecho, este es el hilo rojo que recorre este malestar y los diversos conflictos que han dividido, frecuentemente de manera dramática, a partidos y sindicatos en el transcurso de los dos siglos desde el inicio de la Revolución francesa. Este hilo rojo se sumerge en la maraña de instancias y momentos conflictivos de los grandes objetivos inseparablemente proclamados por aquella revolución: libertad, igualdad y fraternidad. Y quizá por esta razón --a diferencia de la perentoria afirmación de algunos historiadores franceses, obnubilados por un furor ideológico antisocialista--  se puede pensar que la “Revolución francesa todavía no ha concluido”.  

Se trata de una hipótesis  similar que procuraremos verificar en esta investigación. No ciertamente con la intención de demostrar con certeza que las razones de una izquierda libertaria que, hasta ahora, ha resultado perdedora, ni tampoco para reconstruir artificiosamente su continuidad orgánica o una rigurosa coherencia. Sino para reencontrar testimonios, rasgos y señales, afines entre ellos a una tensión y una búsqueda. Y sobre todo de una contradicción y una fatiga del pensamiento democrático que tiene raíces lejanas que no han sido superadas.

Porque si estas huellas probaran la posibilidad de encarar la cuestión, a nuestro juicio cada vez más actual, de la liberación del trabajador subordinado de los contenidos más opresivos de su relación con la empresa, con la organización de la sociedad civil y con el Estado mediante otros objetivos, otras prioridades y otros instrumentos con respecto a los que han acabado prevaleciendo, desde hace dos siglos, en el conflicto social, entonces habría valido la pena si esta otra izquierda –hasta ahora minoritaria y derrotada— nos pueda dar con sus intentos y esperanzas (también con sus fallos) algunas indicaciones fuertes para encarar los desafíos de hoy; y algún vislumbre para sacar a la izquierda occidental del profundo agujero de su crisis de identidad, como por sus intentos ansiosos y frecuentemente transformadores para liberarse, paso a paso, de sus complejas y contradictorias herencias históricas.                              



(1) Con este esquemático término no intentamos agrupar en un solo aparato conceptual el trabajo de Frederick W. Taylor, de sus continuadores y apologistas con la ideología que Henry Ford supo dibujar en el curso de su gran aventura como capitán de industria.

Que se trate de modelos de organización de la producción ampliamente complementarios (el fordismo nace del taylorismo, por así decirlo), pero está demostrado que son distintos, ya que en la fase actual de crisis (irreversible) del modelo fordista emerge una singular capacidad de “resistencia” de las formas de organización jerárquica del trabajo heredadas de los principios de la “organización científica del management”, elaborados por Taylor. A grandes rasgos se pueden sintetizar como sigue:

a) Estudio de los movimientos del trabajador mediante su descomposición para seleccionar aquellos que son “útiles”, suprimiendo los “inútiles” aunque sean instintivos para reconstruir la “la cantidad de trabajo veloz que se le puede exigir a un obrero para que siga manteniendo su ritmo durante muchos años sin ser molestado” (Este análisis de los movimientos y su cronometraje fueron incluso más eficaces en el método cinematográfico de Frank G. Gilbreth);

b) Concentración de todos los elementos del conocimiento (del saber hacer), que en el pasado estaban en manos de los obreros, en el management que “deberá clasificar estas informaciones, sintetizarlas y sacar de estos conocimientos las reglas, las leyes y las fórmulas”;

c) Apropiación de todo el trabajo intelectual al departamento de producción para concentrarlo en los despachos de planificación y organización; con la separación  radical (“funcional”) entre la concepción, el proyecto y la ejecución; entre el thinking departament y la tarea ejecutiva e individual del trabajador que está aislado de todo el grupo o bien está en un colectivo. (Taylor repetía a sus obreros de la Midvale en 1890: “No se os pide que penséis, para ello pagamos a otras personas);

d)  Predisposición minuciosa, por parte del manegement, del trabajo a desarrollar y de sus reglas para facilitar su ejecución. Las instituciones predispuestas del management deben sustituir totalmente el “saber hacer” del trabajador y especificar no solamente qué es lo que debe hacerse sino “de qué manera hay que hacerlo en un tiempo precisado para hacerlo”. Véase entre tantas fuentes, además de los escritos de Taylor (La organización científica del trabajo), Georges Friedmann (La crisis del progresso, Guarini e Associati, Milano 1994) e Problemi umani del macchinismo industriale, Einaudi, Torino 1971) y Harry Braverman (Travail et capitalismo monopoliste, Maspero, París 1976).                 

     

1 comentario:

  1. No hay una version en pdf de la citta del lavoro?seria mas facil de leer,es un libro muy interesante.

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